domingo, 7 de junio de 2009

INTRODUCCIÓN A VALORES HUMANOS

Don Samuel Valero

Yo soy un Ordenador. Me pongo con mayúscula, porque me gustaría ser persona como tú para poder hablar contigo. Digo que soy un Ordenador y no puedo ser más que un Ordenador. Y nada sería, si no me hubiera creado un ingeniero electrónico y alguien me hubiera instalado un sistema operativo y un programa. Es decir que me han creado, y tengo que ser aquello para lo que me han hecho. No puedo ser otro, ni perfeccionarme por mi mismo.

Tú, en cambio, eres una persona humana. Y, aunque tenemos en común que también a ti te han creado, las diferencias entre tú y yo son abismales.

¿Sabrías decirme en qué consiste tu superioridad?

A ti te han creado "inteligente" y "libre"; capaz de conocer, de razonar, de tomar decisiones por ti mismo. Este es tu ser que no puedes cambiar: siempre serás persona. Pero, por ser persona, tienes infinitas posibilidades de perfeccionarte ¡o de deteriorarte! Quiero decir que en tus manos está la decisión de "elegir tu propia manera de ser".

Puedes elegir entre ser:

Amigo... o... Enemigo

Fuerte... o... Débil

Obediente... o... Rebelde

Sincero... o... Hipócrita

Ordenado... o... Caótico

Trabajador...o.......Perezoso

Generoso.....o.......Egoísta

Prudente.....o.......Atolondrado

Pudoroso.....o.......Grosero

Responsable o... Irresponsable

Leal.........o.......Traidor

Constante....o.......Voluble

Sereno.......o.......Nervioso

Sencillo.....o.......Amanerado

Comprensivo...o.......Intolerante

Sobrio.......o.......Borracho

Justo........o.......Injusto

Audaz........o.......Timorato

Alegre.......o.......Triste

Vuelve a leer la columna de la izquierda. Lee ahora la de la derecha. Estás en disposición de elegir.

¿Por cuál te decides?

Si has elegido la columna de la izquierda, sigue con el programa.

Quiero ayudarte a ser un hombre cabal.

Te has decidido por los valores permanentes y propios de toda persona humana. La conquista de estos valores tiene que ser la razón de todos tus esfuerzos. En definitiva, se trata de alcanzar la plenitud de tu personalidad.

Debo advertirte que avanzar en una de estas virtudes es avanzar en otras muchas. No existen solas; se interrelacionan. Unas se apoyan en otras. ¡Adelante, que vale la pena! Si has elegido para ti la columna de la derecha, apaga el ordenador; pero te diré que eres un loco o un tonto o un monstruo. ¡Pobre humanidad!

FORTALEZA

Dr. Samuel Valero


Yo, tu Ordenador, una maquinita tan enclenque, sin poderosas palas, sin abrumadoras ruedas, sin desgarradores garfios, yo, hecho de diminutos circuitos impresos, ¿qué te puedo decir de Fortaleza? Que te hable uno de esos impresionantes tanques de guerra. Y, sin embargo, creo que sería capaz de dominar la más potente máquina, si me instalasen y programasen para ello. Mi fuerza no está en las apariencias.

Vas comprendiendo lo que quiero decir. Hablo de la fortaleza que puede tener la persona humana, por el hecho de ser persona; de la fuerza que se encierra en su cabeza y en su corazón.

De entrada, te diré que la fortaleza en el ser humano depende de dos cosas: de sus ideales y de su decisión por realizarlos. No todos los ideales se hacen realidad; pero todas las grandes realidades han comenzado en un ideal juvenil. Repasa la Historia.

Cuando se tienen ideales grandes, surge la fortaleza como motor que impulsa a llevarlos a cabo. Un hombre sin ideales es un paralítico, vive anestesiado.

¿Quieres saber algo más sobre la fortaleza?

Fortaleza es "resistir", no ceder ante las influencias nocivas, soportar las molestias, entregarse con valentía a "vencer" las dificultades y "acometer" empresas grandes.

Fortaleza, en resumen, es tener fuerza de voluntad para hacer, en cada momento, lo que se debe.

Recuerda estas tres palabras:

Resistir.

Vencer.

Acometer.

Estamos influenciados por las propias tendencias (pereza, vanidad, envidia, ira, lujuria, gula, caprichos) y por influencias externas (modas, consumismo, ideologías). Contra todo esto tenemos que resistir. Hay que negarse a ser plastilina, manipulada por manos ajenas o por los propios instintos.

Debemos vencer enérgicamente las tendencias o impulsos malos. Por lo menos, luchar por vencer sin desalentarse ante las derrotas. La fortaleza es, con frecuencia, volver a empezar.

La empresa más grande que podemos acometer en la edad juvenil es hacer bien las cosas pequeñas de cada día. Este es el paso necesario hacia cosas mayores, si es que llega el momento de emprenderlas. La perfección de la propia persona ya es meta suficiente por la que vale la pena luchar.

Para ir adquiriendo fortaleza te invito a:

* No quejarte del trabajo, de cualquier pequeño dolor, de los contratiempos. Callar en estos casos es un buen ejercicio de fortaleza.

* No cargar los deberes que son tuyos a los padres o a otros. Hazlos tú.

* No huyas del esfuerzo. Afróntalo y acéptalo.

* Pon horario a tus deberes diarios, y sométete a él.

* Lucha contra tus malas inclinaciones, sin desanimarte.

* Proponte metas a conseguir que perfeccionen tu vida.

No olvides que la fortaleza es el motor de todas las demás virtudes.

Una vida cómoda, sin sobriedad, sin esfuerzo, sin lucha acaba siendo una vida inútil, barro manipulado para la maldad. No quieras esto para ti.

EL ÁGUILA REAL

Rodríguez de la Fuente, Félix.

Aparecida en la revista La Actualidad Española

Desde mi puesto de observación, bien camuflado bajo unas matas, me deleito en la contemplación de cinco jóvenes zorros que juegan a la puerta de su refugio. Han salido hace media hora, con toda precaución, cuando el sol se asomaba sobre las cumbres. Poco a poco han ido cobrando confianza; tendidos en las posturas más cómicas han estado mordisqueándose, para terminar persiguiéndose abiertamente sobre la fresca hierba que crece ante el negro agujero de la cueva.

Súbitamente los cinco zorros a la vez se precipitan hacia su fortín. Casi en el mismo instante oigo detrás de mi cabeza un zumbido creciente, como el producido por una bandada de torcaces al pasar en vuelo bajo por un encinar. Primero veo una sombra enorme, exactamente delante de la mirilla de mi observatorio. Una masa parda se confunde con ella. Es el águila real. Con las alas semicerradas, formando un ángulo con el cuerpo, con las garras abiertas y adelantadas el ave de Júpiter se clava materialmente contra la pared de la cueva de los zorros. En el último instante gira en ángulo recto. Y en lugar de chocar y aplastarse contra la dura caliza, como un observador profano hubiera podido temer, sale lateralmente llevándose un zorrillo en las garras hacia el fondo del valle.

Esta es la técnica de caza favorita de la reina de las aves: el ataque por sorpresa. Cuando se la ve describiendo amplias órbitas, en lo alto del cielo, en realidad no está cazando. Simplemente trata de ganar altura, dejándose elevar por las corrientes ascendentes de aire caliente, llamadas térmicas, para alcanzar una situación que le permita desplazarse hasta sus cazaderos.

Cuando las águilas tienen altura suficiente, se lanzan en un picado oblicuo muy tendido, sin dar un golpe de ala. Así, pueden cubrir distancias de hasta treinta kilómetros. Aprovechando la gran inercia de su caída, vuelan velozmente pegadas al terreno, tratando siempre de aparecer de improviso sobre las crestas y cuerdas de los valles, para sorprender a los mamíferos o a las aves que se encuentran al abrigo de las laderas.

Un águila real, lanzada a más de doscientos kilómetros por hora hacia el fondo de un estrecho valle, es un espectáculo inolvidable. Y a esa gran velocidad el pesado pájaro resulta tan ágil como un azor; y puede cortar generalmente con un giro brusco de costado, la finta de la más ágil liebre o el salto hacia la madriguera del astuto zorro.

EL LENGUAJE DE LAS AVES

La tierra del Sol y la Luna. (Adaptación)

Concha López Narváez

Eran tiempos de guerra entre moros y cristianos en la vega de Granada, y María no solía alejarse sin escolta del castillo en que vivía. Sin embargo, rodeada de arcabuces y ballestas se sentía prisionera. Con ella estaba siempre Hernando, un joven morisco cuya presencia le era tan grata que las cosas parecían más hermosas cuando él estaba cerca.

Una tarde abandonaron ambos el castillo y marcharon por senderos estrechos y escarpados, flanqueados de viejísimos olivos. Los dos se detuvieron a contemplar un antiguo castillo moro, casi destruido por las guerras y los años. Desde una quebrada llegaba el canto claro y sonoro de una avecilla.

-¿Qué pájaro es ése? -preguntó María admirada.

-Es el ruiseñor, que llama a su compañera -respondió Hernando.

-Pero ¿no suele el ruiseñor cantar de noche?

-Canta noche y día, y todas las horas parecen ser escasas para sus gorjeos. Pero con la noche cesan los ruidos, y hay quietud para oír lo que durante el día no suele oírse.

-¿Es cierto que los pájaros hablan unos con otros? -preguntó María.

-Al menos pueden entenderse entre ellos.

-Siendo yo muy niña pensaba que los animales y aun las cosas podían hablar como las personas, y disfrutaba oyendo historias de hombres sabios que entendían el lenguaje de las aves y de las plantas. ¿Conoces tú estas bellas leyendas?

-Aún se cuentan en Granada algunas de ellas; mi preferida es la del príncipe enamorado.

-Nárrala para mí ahora -suplicó María, sentándose al pie de una añosa higuera silvestre.

Hace largos años había en Granada un rey despótico y cruel, al que temían todos sus súbditos. Su hijo mayor, el príncipe Hassán, por el contrario, era bondadoso y gustaba de mezclarse con campesinos y gentes sencillas. Y ocurrió que el príncipe se enamoró de la hija de un labrador de la vega llamado Abahul.

Los jóvenes mantenían en secreto su amor. Pero los rumores son más veloces que el viento; el rey se enteró y prohibió a su hijo que viese a la labradora. El príncipe le respondió que deseaba tener a la hija de Abahul como esposa. Enfurecido, el rey le encerró en la Alhambra, en lo más alto de la torre que llaman de Comares, sin más compañía que la de un hosco carcelero.

Pasaba Hassán las horas en la más completa soledad, mirando entristecido hacia la vega. Cientos de aves volaban cerca de la torre. El observaba sus vuelos y oía sus cantos, y así entretenía su ocio y calmaba su tristeza. Al cabo de los meses, el príncipe llegó a comprender el lenguaje de los pájaros.

Una mañana cayó a sus pies una tórtola herida. Hassán la tomó con cuidado y restañó sus heridas; luego calmó su sed y le habló en el lenguaje de las aves. Durante los días en que permaneció en la torre, la tortolica y el príncipe llegaron a ser grandes amigos. Ella le contaba hermosas historias del aire y él le confió la causa de su tristeza. Sanó al fin el ave y una luminosa mañana Hassán la puso en libertad aunque con gran pena, pues con su marcha tornaba a la soledad.

Voló la tórtola hacia la vega y Hassán siguió su vuelo hasta que la vio perderse en la lejanía. Cayó entonces en un profundo abatimiento, y así permaneció hasta que al atardecer se posó la tórtola en el ajimez.

Ella le contó que había visto a la hermosa hija del labrador llorando en el jardín. Aumentó entonces de tal manera el dolor y el abatimiento de Hassán que no quería tomar alimento ni bebida alguna.

Salió la Luna y se volvieron de plata las aguas del Darro. A lo lejos, coronadas de blancos resplandores, se alzaban las cumbres de Sierra Nevada. Cantó el ruiseñor y sus trinos eran más claros que las aguas del río. Pero el príncipe miraba y no veía la hermosura de la montaña, oía y no escuchaba el canto del ruiseñor. El alba lo encontró acodado en el ajimez, mirando tristemente hacia la vega.

Reunió entonces la tórtola a las aves de la llanura y del monte, y juntas deliberaron la manera de sacar a Hassán de su prisión. Al atardecer, cientos y cientos de aves llegaron a la orilla de la Alhambra.

Estaba el carcelero de vigilancia. La llave pendía de su cuello, y el candado tenía dadas tres vueltas. De pronto, el aire se hizo música. Escuchó sorprendido: ¿Qué era aquel sonido suavísimo que descendía de la torre? Nunca había oído nada semejante... Cantaban las aves y el carcelero las oía embelesado. ¡Qué hermosa melodía! Pero entre aquellos gruesos muros llegaba débilmente. Subió unos peldaños; la música era más clara. Subió un poco más; las notas descendían cristalinas y dulces. Subió y subió hasta llegar a lo más alto. Pinzones, calandrias, verdecillos, ruiseñores... desgranaban unidos sus trinos. Salió entonces la Luna y un ensueño maravilloso se apoderó de él. Con el alba, el carcelero despertó sobresaltado de su encantamiento. ¡La llave no pendía de su cuello! La vega despertaba al sol de la mañana, y el príncipe y la hija de Abahul cabalgaban hacia tierras de Córdoba.

Terminó Hernando su narración y el ruiseñor aún seguía cantando.

-¡Qué hermoso canto! -susurró María-. No me extraña el ensueño del carcelero. ¿Crees tú, Hernando, que es posible comprender el lenguaje de las aves?

-No como Hassán. Pero, observando sus costumbres y sus cantos, se puede llegar a entenderlas. Caía la tarde cuando iniciaron la vuelta. Una pareja de palomas salió del olivar y se dirigió al castillo. María las siguió con la mirada; volaban a la par y era su vuelo tranquilo y vigoroso. Se posaron en una de las torres, arrullándose, dándose los picos.

-Ese es el lenguaje de amor de las palomas, ¿no es cierto? -preguntó María. -Así parece. Y creo que se sienten muy felices.

Alzó María de nuevo la vista y su corazón latió angustiado. ¡En el paso de ronda había aparecido un ballestero! María ahogó un grito, y sobre las almenas cayó una paloma con el pecho atravesado.

Voló espantada su compañera, pero no se alejó; describía círculos a su alrededor, con vuelos desiguales. María gritaba en silencio: "¡Vuela lejos, paloma!". Los círculos eran cada vez más cerrados, el vuelo más inseguro, la inquietud mayor, y al fin, la paloma fue a posarse junto a su compañera caída. La arrulló, le ofreció el pico, atusó suavemente sus plumas... y, como no pudiera despertarla, abrió la cola y correteó desesperada invitándola a levantar el vuelo. Se alzó un instante y, de nuevo, fue a posarse a su lado.

Dudó un momento el ballestero, pero al fin tensó la ballesta y la paloma cayó sobre las almenas.

-¿Sabes, Hernando, si el amor es más hermoso que la vida? -preguntó María apesadumbrada. Hernando no supo hallar respuesta. El silencio se hizo doloroso y María penetró en el castillo.